Un tren que se va

Llevaba años fantaseando con la idea, pero sabía que por sí sola no llegaría, así que me formé y cumplí con todo lo requerido y cuando lo tuve lo dejé escapar. Eso es lo que pasó y de nada sirve darle vueltas y más vueltas. De nada sirve lamentarse. Lo vi, lo tuve al alcance de las manos, llegué a subir y cuando lo tenía todo me bajé y dejé que se marchara.

Pues yo no lo veo

Mi preocupación está en el profesorado que atribuye a su visión la omnipotencia de verlo todo y que, por tanto, cuando dice “pues yo no lo veo” no da lugar a que pueda pasar y él no lo vea, sino que da por descontado que si él no lo ve es porque no es y punto.

Me presento

Después de dos sesiones agotadoras de pruebas, el resultado que se desprendió es que soy una persona con un coeficiente intelectual de superdotado. Pero esto, lejos de los tópicos, no es ni la panacea ni la garantía del éxito.

¿Interpretaciones que no valen?

Y me enfadé, no lo duden. Vaya si me enfadé, y de hecho el recuerdo de aquello aún me enfada. Pero no por la nota, en realidad, a mi la nota me trae sin cuidado. Lo que me molestó y me sigue molestando es que sólo haya una interpretación posible de cualquier obra de arte.

El jazmín

Aun así, había una planta que le preocupaba. Hacía años que el señor había plantado un jazmín. Le había buscado un sitio especial, con sol y con una pared que le pudiera servir para ir trepando. Lo plantó muy ilusionado, influido por los recuerdos de infancia de aquel que había en el jardín de su abuelo. Sabía que era una planta resistente y que daría una fragancia incomparable a lo largo de todo el jardín. Así que le prestó todos los cuidados, todas las atenciones. Lo miraba día sí día también, lo contemplaba, incluso a veces le hablaba. Tenía muchas esperanzas en aquel jazmín. Sería la guinda que le faltaba a su bonito jardín.

Ansiedad en tiempos de confinamiento

Decidí ponerme música, hacer ejercicio y compartirlo con alguien de confianza. Y a partir de aquí intentar romper la idea, procurar comprobar que mi cuerpo sigue estando allí, que no muere y que todo es fruto de mi cabeza.

¿Para qué me ha servido saberlo?

A lo largo de estos, ya casi, tres años desde que supe lo de mis altas capacidades, una de las preguntas más recurrentes que me hago es ¿Para qué me ha servido saberlo?

Lo que le hace falta son límites

Así pues, te ves empujado a actuar en contra de tu criterio, pero piensas que lo haces por su bien. Aunque sus embates son potentes tú te mantienes firme. Pero ellas no entienden ese cambio de paradigma y, lo peor, tú tampoco. Así que las contradicciones te corroen y la ofensiva que te preparan ante este sinsentido acaba derrumbando el castillo de los límites. 

Solo eso, que no es poco

Y aquí es donde me meto de lleno. Nos equivocaríamos como familias si cuajara en la sociedad y por ende en el colectivo docente la idea de que solo nos mueve conseguir que nuestros hijos sean los mejores, que nuestros hijos copen los primeros puestos en los rankings de aprendizaje. Si se percibiera una voluntad elitista de proporcionarles una atención que solo fuera encaminada a un alto rendimiento académico, a imagen y semejanza de aquellos centros de alto rendimiento deportivo.

¿Para qué verlo? Mejor burlarse

Así que se lo quiero explicar. Porque es muy probable que no se haya preguntado en ningún momento qué es aquello que empujó a esa madre a contar lo de su hijo. Sin duda él pensará que es un ejercicio de pavoneo, de soberbia, de ganas de sentirse por encima de los demás. Pero dudo que sea capaz de ponerse en su piel, de imaginarse todo lo que esa mujer debe haber pasado antes de plantearse compartirlo con alguien.