Me presento

Después de dos sesiones agotadoras de pruebas, el resultado que se desprendió es que soy una persona con un coeficiente intelectual de superdotado. Pero esto, lejos de los tópicos, no es ni la panacea ni la garantía del éxito.

¿Para qué me ha servido saberlo?

A lo largo de estos, ya casi, tres años desde que supe lo de mis altas capacidades, una de las preguntas más recurrentes que me hago es ¿Para qué me ha servido saberlo?

Lo que le hace falta son límites

Así pues, te ves empujado a actuar en contra de tu criterio, pero piensas que lo haces por su bien. Aunque sus embates son potentes tú te mantienes firme. Pero ellas no entienden ese cambio de paradigma y, lo peor, tú tampoco. Así que las contradicciones te corroen y la ofensiva que te preparan ante este sinsentido acaba derrumbando el castillo de los límites. 

Solo eso, que no es poco

Y aquí es donde me meto de lleno. Nos equivocaríamos como familias si cuajara en la sociedad y por ende en el colectivo docente la idea de que solo nos mueve conseguir que nuestros hijos sean los mejores, que nuestros hijos copen los primeros puestos en los rankings de aprendizaje. Si se percibiera una voluntad elitista de proporcionarles una atención que solo fuera encaminada a un alto rendimiento académico, a imagen y semejanza de aquellos centros de alto rendimiento deportivo.

¿Para qué verlo? Mejor burlarse

Así que se lo quiero explicar. Porque es muy probable que no se haya preguntado en ningún momento qué es aquello que empujó a esa madre a contar lo de su hijo. Sin duda él pensará que es un ejercicio de pavoneo, de soberbia, de ganas de sentirse por encima de los demás. Pero dudo que sea capaz de ponerse en su piel, de imaginarse todo lo que esa mujer debe haber pasado antes de plantearse compartirlo con alguien.

Escuela y familias

Todas aquellas dudas que como docentes tenemos sobre nuestra tarea, sobre la idoneidad de lo que hacemos, de lo que trabajamos, las comparten, legítimamente, también, las familias. Aquellos a los que intentamos enseñar son sus hijos…

La siete y media

En aquel momento era tal el grado de necesidad de exponer, de contar, de sacar de lo más profundo de mi que los escritos emanaban casi sin darme cuenta. Sólo era necesario encontrar el momento para escribirlos, para plasmar aquello que ya había diseñado y rediseñado en mi cerebro. Eran escritos que fluyeron tal cual, a veces cargados de resentimiento, en otros casos de desesperación, fruto de los cambiantes estados de ánimo que me fueron acompañando, fruto de la enorme dificultad de encajar aquello que iba descubriendo sobre mi.

Pues yo no lo veo

Mi preocupación está en el profesorado que atribuye a su visión la omnipotencia de verlo todo y que, por tanto, cuando dice “pues yo no lo veo” no da lugar a que pueda pasar y él no lo vea, sino que da por descontado que si él no lo ve es porque no es y punto.

Pasajeros

Esas miradas establecieron un vínculo. Pasaron a ser miradas que se necesitaban mutuamente y que, por tanto, sufrían cuando uno de los dos trenes aceleraba sin previo aviso imposibilitando su comunicación.

Sin embargo volvíamos a sentir la placidez de nuestra inquebrantable vinculación cuando nos reencontrabamos mirando cada uno por la ventana de nuestro vagón.